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lunes, 29 de noviembre de 2010

El último marrón de Marcelo Casas



Comerte los marrones es una bendición si tu profesión es marronero o actor, que como está el patio viene  a ser lo mismo. Una oportunidad que no se debe dejar pasar so pena de excomunión de las artes escénicas. Esto es lo que debió pensar Marcelo Casas  el pasado sábado en el TCM de Carboneras cuando se encontró con el primer marrón en forma de lluvia y apagón de luz a las afueras del teatro,  que parecía  imposible que alguien se acercara esa noche a ver Il gondoliero di Triana. Aunque al título le iba como anillo al dedo: agua y mucha agua.
La lluvia continuaba pero la luz regresó para iluminar al medio centenar de forofos que osaron acercarse a ver a Marcelo Casas comerse sus marrones.
La obra, en formato de café-teatro, narra la historia de un joven, caleidoscópico y pluriempleado, nacido a la edad de un año y medio,  que heredaba de su tío abuelo Luigi Candelli la profesión de gondoliero en Triana, al mismo tiempo que, motu propio, adoptaba la profesión de marronero. O sea, de comedor de marrones ajenos. Entre árboles genea-ilógicos, número musicales y escenas surrealistas se desarrollaba una obra agil y desternillante hasta que, de forma inesperada, el actor-marronero tuvo que comerse un marrón-escena ocasionado por la llamada a deshora de un jefe-autor a un empleado-espectador. Y de golpe, nos encontramos que desaparecía la cuarta pared.
Sublime, que bien engulló su marrón y como se engrandeció Marcelo.

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